Denominamos ambientes edáficos a aquellos ambientes cuyas condiciones edáficas particulares dificultan el crecimiento de la vida vegetal. Se trata de ambientes con suelos especialmente restrictivos por sus características físicas o químicas, como ahora la elevada salinidad, el pH extremo o la especial textura del sustrato. En este tipo de suelos tan sólo unas pocas plantas especialmente adaptadas son capaces de prosperar, plantas que, de otro modo, sentarán la base para toda una serie de ecosistemas extremadamente singulares, rebosantes de endemismos en todas sus formas.

Pese a que las especies animales no estarán, en general, tan ligadas a los caprichos del suelo como las plantas, sí podemos encontrar, en cambio, un número no desdeñable de endemismos entre los artrópodos, fundamentalmente. La especificidad de la fauna respecto al tipo de suelo será mucho más elevada en determinados ambientes, como los ecosistemas dunares, los saladares o los medios rupícolas.
Otros ambientes menos extendidos, pero no por ello menos interesantes, son los asociados a afloramientos rocosos de química extrema, como los calcícolas, entre los que destacan las serpentinas por su elevado grado de endemicidad vegetal, o los gipsícolas, en sus diversas formas de mineral de yeso.
Los ecosistemas edáficos constituyen, en definitiva, un grupo de ambientes especialmente singulares desde el punto de vista biológico. Su limitada extensión y sus altos índices de endemicidad incrementan aún más esta originalidad, y aportan razones más que suficientes para que decidamos incluirlos como elementos prioritarios en nuestros planes de conservación de la biodiversidad.








