Aquí, en el humedal, donde el agua especialmente generosa, la naturaleza pierde su timidez y se muestra descarada ante los ojos del espectador, quien no puede hacer más que rendirse ante el mayor espectáculo del mundo: la vida.

Con el nombre genérico de zonas húmedas nos referimos a un gran número de ambientes, de naturaleza muy distinta, que comparten una característica común: el papel predominante del agua. En efecto el agua, lejos de limitar la vida por su ausencia como es habitual, pone a prueba a los habitantes del humedal acaparando todo el protagonismo. Las especies de las zonas húmedas tendrán que desarrollar adaptaciones especiales para sobrevivir en un entorno enormemente condicionado por el líquido elemento y se mostrarán, en términos generales, endémicas de los ambientes húmedos por su elevado grado de especialización.
Pero el papel dominante del agua deja la puerta abierta a un sinfín de posibilidades paisajísticas. Saladares, marismas, estuarios o lagunas serán algunos de los ecosistemas incluidos en el cajón de sastre de los humedales. Muchos de ellos se agruparán, además, para configurar un mosaico de paisajes que de lo más diverso, capaz de albergar una biodiversidad sin parangón difícil de igualar en una extensión tan reducida. La diversificación de estos ambientes se producirá por la variación de determinados factores como la salinidad, la cantidad de materia orgánica disuelta o la oxigenación, todos ellos determinados, a su vez, por la naturaleza de los cursos o aguas de escorrentía que los forman o por las condiciones ambientales del entorno (evaporación, temperatura, pH, etc).

Pero sea cual sea su naturaleza, todos los ambientes acuáticos presentan una característica en común. Las zonas húmedas son el conjunto de ecosistemas más productivos de cuantos pueden hallarse en tierras europeas. Ningún otro lugar de Europa es capaz de aglutinar un número tan elevado de especies, una biodiversidad sin igual a una latitud que acostumbra a ser más bien discreta en este sentido. El incansable aporte de nutrientes desde los ríos y aguas de escorrentía es el combustible que mueve esta incansable fábrica de vida.
Por otro lado, merecen mención a parte los cursos fluviales, ecosistemas acuáticos altamente exclusivos por su especial estructura y funcionamiento. Ríos, arroyos y otros cursos de agua suelen presentar, al menos en su curso alto, elevados niveles de oxigenación y renovación en relación a otras masas de agua de menor dinamismo. Los cursos fluviales, sin embargo, dan forma al resto de zonas húmedas y actúan como arterias de vida para cualquier otro ecosistema que se presten a atravesar en su incansable viaje hacia el mar.

Pero desgraciadamente los ambientes acuáticos se suman al grupo de ecosistemas más sensibles a la alteración humana. La especial configuración de los cursos de agua, actuando como sumideros de las cuencas hidrográficas a lo largo de miles de kilómetros cuadrados, los hace especialmente vulnerables a la contaminación. Así mismo, el agua es también fuente de vida para el ser humano quien, en su ferviente e incontrolado desarrollo, pone en peligro la pervivencia de los acuíferos y amenaza todo el sistema hídrico en su conjunto. Finalmente debemos considerar el cambio climático, producido, como no, por el hombre, como el verdugo futuro de los humedales ibéricos.
Quizá sea necesario recordar, una y otra vez, que el agua es fuente de vida también para el ser humano. Como acostumbramos a hacer, olvidamos la mano que nos da de comer con suma facilidad y damos con ello la espalda a nuestros propios origenes. Es hora de que protejamos las zonas húmedas como merecen, no sólo como fuentes de biodiversidad y belleza, sino como entornos capaces de sintetizar esencia de la vida misma, desde el punto de vista más trascendental.








