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Probablemente, pocos lugares del planeta son capaces de igualar la variabilidad paisajística y ambiental de la Península Ibérica, un territorio relativamente pequeño en el que podemos encontrar representada la mayoría de los biomas planetarios. Esta diversidad, que se hace patente con tan sólo recorrer unos kilómetros, es reflejo de la inestabilidad geológica y climática que históricamente ha caracterizado a la Cuenca Mediterránea. El avance y retroceso de los hielos glaciares, la desecación y apertura del Mediterráneo o el cambio en los patrones de vientos y corrientes oceánicas son algunos de los procesos que han ido configurando a lo largo del tiempo la identidad climática de la Península. La orientación predominante de las coordilleras, alineadas en dirección este-oeste, ha contribuido a incrementar más, si cabe, esta diversidad biológica, al dificultar la huída latitudinal de la flora y la fauna hacia las zonas climáticas favorables. Así, un gran número de especies propias de otros ambientes han ido quedando atrapadas en las tierras peninsulares, y se han visto forzadas a evolucionar de forma independiente. Rododendros subtropicales junto a abetos boreales, lobos alimentándose en las playas o focas buceando entre gorgonias son sólo algunos ejemplos de su peculiar biodiversidad.

  

Asomándose al continente vecino, como la mano tendida de Europa hacia África, la Península ha actuado históricamente como puente de intercambio entre dos mundos diferentes, tan próximos como dispares. En efecto, la proximidad a África ha dado las últimas pinceladas de originalidad que le faltaban al mosaico de la vida salvaje peninsular. Resulta sorprendente que las mangostas, macacos, ibis, gecos o camaleones puedan formar parte de la fauna europea.

Pero lo que sin duda alguna resulta sorprendente es que aún exista un rincón en los confines de Europa occidental cuyos espacios naturales conservan el espíritu salvaje de antaño. Todavía hoy se pueden contemplar vastos parajes alejados de la mano del hombre que dan cobijo a los últimos representantes de especies desaparecidas en otros rincones de Europa. Debemos considerarnos, por ello, poseedores de los últimos ejemplos de la naturaleza europea, responsables de su preservación para las generaciones venideras.