El bosque caducifolio logra evocar la belleza de las estaciones mejor que ningún otro paisaje. Pero tras esta imagen idílica se esconde un hábitat tremendamente eficiente, un ecosistema diseñado para aprovechar al máximo los cortos periodos favorables de las latitudes templadas. Aquí el aprovechamiento de los nutrientes disponibles ha de ser máximo durante los meses cálidos y todo el sistema entra en un letargo invernal que marca inevitablemente su dinámica.

Si bien el bosque se ve sometido la dureza del invierno, el resto del año goza de unas condiciones inmejorables para el crecimiento vegetal. La explosión de vida primaveral es uno de los mayores espectáculos de la naturaleza, un milagro que merece ser contemplado en todo su esplendor. Esta bondad climática permite el desarrollo de comunidades vegetales altamente diversas y de un número no menor de especies animales. Algunos de los representantes más emblemáticos de nuestra fauna, como el lobo, el oso o el urogallo, encuentran cobijo en los bosques caducifolios del norte peninsular. La riqueza de los bosques caducos alcanza su clímax en los terrenos litológicamente más propicios. Aquí las formaciones monoespecíficas dan paso a los bosques mixtos, poseedores de la mayor diversidad de especies arbóreas que podemos encontrar en nuestras latitudes.

En las zonas submediterráneas, en cambio, prospera un bosque singular, exclusivo de la cuenca mediterránea: el bosque mixto submediterráneo. En estas formaciones, que mezclan especies atlánticas y mediterráneas, algunas especies arbóreas han adoptado una estrategia original: la marcescencia. En efecto, como si de una fusión de estilos se tratara, las hojas de estos árboles no llegan a desprenderse hasta el rebrote primaveral, pese a que sufren la misma traslocación de nutrientes que las especies caducifolias. Un recurso rodeado de misterio, cuyo significado real se desconoce por el momento. Entrando en el terreno de la pura especulación, se cree que puede evitar el crecimiento invernal de las especies heliófilas, que en este clima podrían llegar a desarrollarse en los meses fríos, o que el retraso de la caída de la hoja hasta los periodos de elevada actividad microbiana puede optimizar el reciclado de nutrientes. Sea como fuere, dejando de lado su originalidad, es innegable la gran riqueza zoológica y botánica que albergan estas formaciones.
La magia y misterio de los bosques ha inspirado el imaginario popular desde tiempos remotos, dando vida a un sinfín de mitos y leyendas y alimentando la cultura de los distintos pueblos peninsulares. A su vez, los bosques son protagonistas de las más hermosas historias, y han evocado sentimientos de paz y armonía a todo aquél que se aventurase en su seno. Esta atracción, casi visceral, del ser humano hacia el bosque debe ser la base de nuestro respeto. No debemos destruir lo que es parte de nosotros mismos. Si así lo hacemos, perderemos nuestra identidad y habremos renunciado, además, a nuestra propia dignidad.

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