
A medida que ascendemos en altitud nos mentalizamos de que cada vez será más difícil disfrutar del mundo natural. Es entonces cuando éste nos sorprende con sus representantes más fascinantes y lo envuelve todo de una atmósfera especial que no hace sino magnificar su ya de por sí espectacular belleza.
La austeridad que caracteriza a los ambientes alpinos pone a prueba la capacidad de la naturaleza para hallar alternativas de supervivencia. Los seres que anhelan prosperar en las alturas deben llevar al extremo su capacidad de adaptación y viven permanentemente a la búsqueda desesperada de recursos. En las montañas podremos encontrar algunos de los seres más sorprendentes que la naturaleza es capaz de crear.

Además, ante las sucesivas glaciaciones que han asolado el continente, las montañas han actuado como una barrera natural evitando la migración de las especies, ya fuera en su retirada hacia climas favorables o en su afán por colonizar los territorios abandonados por los hielos. Las grandes cordilleras peninsulares, con su clima extremo, se revelan como auténticas islas boreales en pleno Mediterráneo, un refugio para la vida glaciar que antaño pobló nuestras latitudes y verdadera fábrica de reliquias y endemismos.

Las montañas son, por su carácter remoto, el ambiente que mejor ha resistido el acoso del ser humano. En pleno corazón de Europa, coordilleras como los Alpes, lo Cárpatos o los Pirineos han conservado su belleza indómita, ajenas al crecimiento de las sociedades industriales. Pero esta soledad no les libra de la amenaza creciente del actual cambio climático. En efecto, los ecosistemas de montaña ocupan, en este sentido, un importantísimo papel indicador.

La soledad de las montañas inspira al naturalista más que cualquier otro paisaje. En un entorno a priori hostil, la vida se aferra a la supervivencia y florece espectacularmente mostrando la gran capacidad de adaptación de la naturaleza. Sin embargo, esta maravilla natural se halla gravemente amenazada por los insostenibles modelos de desarrollo humano. Su protección adquiere, ahora más que nunca, una gran importancia. Debemos recordar que proteger las montañas es proteger el planeta.








