Hay un lugar en Europa donde el tiempo se ha detenido para siempre, un lugar mágico que evoca aires del pasado, en el que los árboles se visten con sus mejores galas y las lluvia acaricia en vez de caer.
La laurisilva es, sin duda alguna, el ambiente más singular de la Península Ibérica. Este bosque subtropical, amante del calor y la humedad, es un recuerdo de los que antaño florecieron a lo largo y ancho del continente cuando, durante la Era Terciaria, el clima tropical dominaba la Cuenca Mediterránea.

Pese a que la laurisilva se muestra especialmente generosa en los archipiélagos macaronésicos de Madeira, Azores y Canarias (donde el clima apenas ha fluctuado desde entonces), podemos encontrar, aún hoy, pequeñas representaciones en el entorno oceánico y mediterráneo del continente, refugiadas en microambientes de clima favorable. Las sierras litorales de Algeciras, Monchique o Sintra esconden rincones donde la vegetación subtropical desafía la sequía estival y se entremezcla, de la forma más original, con un sinfín de taxones mediterráneos.
Como en cualquier otra selva, las plantas de la laurisilva han de evadir el exceso de humedad, que aquí llega a suponer un problema. Para ello han adoptado una estrategia común, desarrollando hojas que repelen el agua en su superficie. La llamada hoja lauroide (en analogía a las del género Laurus sp.), gracias a la abundante capa de cera y al mucrón apical que favorece el goteo, se mantiene seca a pesar de la humedad ambiental, permitiendo la transpiración y la respiración de la planta. A esta ingeniosa estrategia hemos de sumar otras como el epifitismo, muy común entre las criptógamas, o el crecimiento lianoide. Bajo el dosel lauroide (Persea sp., Laurus sp., Prunus sp., Myrica sp., etc) sobreviven además diversas especies propias de los bosques tropicales.
La laurisilva es uno de los ecosistemas más interesantes de Europa y a la vez uno de los mas amenazados por el actual cambio climático. Este reino vegetal merece seguir conservando su magia, ajeno al paso del tiempo y a la codicia del ser humano.







