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Bosque mediterráneo

 

 

Si existe algún entorno capaz de representar la riqueza biológica de la Cuenca Mediterránea ése es, sin duda, el bosque mediterráneo. Encinares, alcornocales y quejigares están perfectamente adaptados a los contrastes del clima y son los protagonistas indiscutibles del paisaje de gran parte de la Península Ibérica. Lejos de sufrir los rigores del estío, alardean de su capacidad de aprovechar al máximo las escasas precipitaciones que, en estas latitudes, se concentran en periodos de tiempo muy cortos.

Las plantas que conforman estos bosques han de soportar durante el verano sequías comparables a las de los desiertos, para lo que hacen valer las estrategias más originales. La más importante ellas es la esclerofilia. Las hojas acumulan una gruesa capa de cera para evitar la pérdida de agua, adquiriendo por ello una gran rigidez. Evitan así, colateralmente, el ataque de la mayoría de herbívoros. Además suelen presentar modificaciones igualmente ingeniosas que minimizan la desecación: hojas crasas para reducir la proporción superficie/volumen (en analogía a las plantas del desierto), acúmulo de estomas en el envés, presencia de tricomas, o plegamiento del borde del limbo.

   

Otras adaptaciones van encaminadas a resistir el azote de los incendios, endémicos del clima mediterráneo, por la elevada frecuencia de las tormentas eléctricas. Muchas plantas mediterráneas presentan gran capacidad de rebrote, germinación inducida por altas temperaturas, producción de sustancias volátiles o, incluso, engrosamiento de súber de su corteza, como sucede con el famoso corcho de los alcornoques. Todo un alarde de ingeniería que define perfectamente su elevado grado de adaptación.

Pero no debemos dejar de lado el caso de las coníferas. Adaptadas a prosperar en los ambientes extremos, que rehúyen las angiospermas arbóreas, las coníferas han colonizado satisfactoriamente los sustratos más exigentes, creando magníficos bosques. Este tipo de formaciones ha sido a menudo ignorado por los movimientos conservacionistas porque su distribución natural se ha modificado ampliamente por la actividad humana, al ser especies de rápido crecimiento idóneas para su uso en silvicultura. Tengamos presente, sin embargo, que estos ecosistemas formaban parte natural del mosaico de paisajes mediterráneos, mucho antes de la llegada del ser humano.

  

En ambos casos, el cobijo del dosel arbóreo posibilita la aparición de microambientes más favorables, sentando la base de un sistema extremadamente complejo y prolífico, donde la diversidad de estratos arbustivos es especialmente remarcable. Pese a que las formaciones perennes mantienen la cobertura vegetal durante todo el año, el efecto de las estaciones se deja notar y las especies se ven sometidas a los mismos ciclos de productividad que en los climas centroeuropeos. La primavera y el verano son periodos de explosión fenológica, en el que la mayoría de plantas florecen y se dan los picos de abundancia de los invertebrados. Sin embargo algunas especies producirán flores a lo largo de todo el año manteniendo la actividad de los insectos polinizadores durante el invierno. La producción de frutos no será tan prolífica como la de los bosques caducifolios, pero permitirá igualmente la subsistencia de un gran número de especies durante los meses más fríos.

El ecosistema mediterráneo es pródigo en especies animales endémicas, perfectamente adaptadas a estas condiciones tan particulares. A ellas debemos sumar un gran número de taxones propios de climas más fríos o cálidos. Además el bosque mediterráneo es, por su especial climatología y fenología, el refugio típico de especies migradoras de procedencia diversa, tanto en verano como en invierno.

Resulta increíble comprobar el extraordinario desarrollo que alcanzan estas formaciones en un escenario tan limitado. En los bosques mediterráneos florece la vida sin timidez alguna, en un derroche de recursos y estrategias digno de las selvas tropicales.

 

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